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Camino a la colina

En abril de este año se publicó el último capítulo del manga Shingeki no Kyojin de Hajime Isayama, culminando así los 12 años desde la aparición de esta obra. Para muchos, fue la adaptación del anime, en 2013, la que nos introdujo en esta historia donde se cruzan de una manera cruda la lucha, la voluntad y la sobrevivencia. Al leer el último capítulo no pude evitar pensar en que han pasado ya 8 años desde que empecé a ver la serie y noté lo distinto que es el mundo ahora, por lo general, en un sentido lamentable. Pero no me quiero detener en melancolías, por ahora. Lo que sí creo que puedo destacar de este largo período es la enorme diferencia de impresión entre la que tuve cuando me comentaron el argumento de la serie y la que tengo ahora al terminar de leer. Cuando escuché de qué trataba, simplemente me pareció una serie más del montón, incluso infantil por la premisa de los titanes, o monstruos, que amenazan el espacio seguro: la humanidad en los muros. Pero al terminar de leer “Hacia el árbol en la colina”, el último capítulo, pude confirmar lo que sospechaba, en el recorrido de estos ocho años, sobre a dónde nos llevaba Isayama, de la mano, subiendo por los caminos de la violencia.

En esta reflexión, por un lado, me interesa explicar lo que creo que es el sentido articulador de la serie, a saber: el problema del origen de la violencia. Por otro lado, comentar el final de la serie y por qué es el final más coherente para la historia y para nosotros, los espectadores y lectores. Y por último, hacer algunas consideraciones sobre la violencia real que vivimos y el lugar en que nos deja el final del manga.

Advertencia, hay spoilers:

  • 1- el final de Shingeki,

  • 2- diré muchas veces “violencia”,

  • 3- pedanterías.

La Historia como violencia

A modo de resumen argumental, los elementos que la serie pone en juego son muy conocidos y recurren a un temor, que de algún modo, todos tenemos. La amenaza de que un enemigo externo y monstruoso invada nuestro espacio seguro y conocido. Los titanes representan materialmente esa amenaza, y en ese sentido, que la agresión de estas criaturas sea devorar seres humanos hace más visceral aún esta violencia externa, abyecta, pero también la hace más íntimamente vinculada al mundo natural. La humanidad dentro de los muros es la civilización, mientras que la bestialidad del exterior es el mundo beligerante de la naturaleza. Por esto, las premisas iniciales de Shingeki son una lucha de la humanidad contra la bestialidad exterior, natural, que amenaza su lugar seguro. En gran parte la primera temporada del anime desarrolla este tema y cómo la voluntad y el sacrificio pueden sobreponerse a la fatalidad de esta amenaza exterior. No obstante, el descubrimiento de que Annie es uno de los titanes que realizó el ataque inicial quiebra con esta lógica. De algún modo, el intento por descubrir la naturaleza de los titanes revela, al final, que son seres humanos los que han desatado la bestialidad de estas criaturas. Pasamos de la naturaleza como origen de la violencia a un conflicto interno, humano.

En la medida en que el argumento se desarrolla, cada vez más elementos nos hacen sospechar, y luego corroborar, que la aristocracia dentro de los muros tiene vínculos y responsabilidades en el conflicto. Primero, con la existencia misma de los muros y, luego, con el ataque que logró atravesar el muro exterior. Este desarrollo, que se empieza a profundizar desde la segunda temporada de la adaptación animada, muestra explícitamente un conflicto interior en la humanidad consigo misma. El brillante desarrollo de personajes como Erwin Smith profundizan los detalles de este conflicto, que se erige en torno a los secretos que guarda la aristocracia y la dominación que ejerce sobre “toda” la humanidad. Con el golpe de Estado, el asesinato del padre de Historia y su coronación, se enfrenta y consuma la violencia relacionada a la dominación aristocrática y, posteriormente, en la batalla de recuperación de Shiganshina ‒probablemente el mejor arco de la serie‒ esta beligerancia se abre a un nuevo escenario porque se revela la información que el padre de Eren había ocultado. Ahora, en realidad, la existencia de los titanes, las acciones de la monarquía de los muros y el ataque exterior forman parte de un conflicto global e histórico que guarda relación con la capacidad de los eldianos, la gente dentro de los muros, de convertirse en titanes. Para los lectores y espectadores, no sólo la humanidad se amplía, ya que existen los demás continentes y el Estado de Marley, sino que además el origen del conflicto se desplaza a la historia de dominación del supuesto imperio eldiano y su “raza”, junto a su legado de guerra y venganza que, al parecer, ahora sí, es la verdad del conflicto. El origen de la agresividad social es histórico y tiene su centro en la existencia de este poder de los titanes, y la “raza” que la detenta.

Los capítulos posteriores a la recuperación de Shingashina, hasta el final, muestran el desarrollo de este conflicto: el ataque de Eren a Marley, el plan de Zeke para esterilizar a todos los eldianos, el contraataque de Marley a la isla y, por sobre todo, la consumación de la violencia contenida en la amenaza del Rey Fritz: liberar a los miles de titanes de los muros y devastar con ello el mundo; el retumbar. En este punto, la obra muestra que el peor de los males no se logró evitar y, pareciera, que no hay manera de salir del círculo violento de agresión y venganza al que la humanidad ha estado sometida. El origen de la violencia, que serían los titanes, no se logró solucionar y la muerte ha llegado para la mayoría con el paso devastador de los colosos.

Retumbar

No obstante, Eren, el protagonista original de la serie, que ahora ha pasado a ser el antagonista de la humanidad, espera que desatar el cataclismo, en primer lugar, signifique una “nivelación” catastrófica sobre todos los Estados, lo que produciría un mejor escenario de negociación para los habitantes de la isla de Paradis ‒los menos afectados‒. Y en segundo lugar, también confía en que sus antiguos aliados lo detengan y maten para demostrar que los eldianos fueron quienes detuvieron el retumbar. Todos estos escenarios se cumplen, aunque el objetivo final no: acabar con el conflicto iniciado por la agresión y venganza en torno al poder de los titanes, ya que, como se muestra en el último capítulo, Paradis toma el camino de la militarización y los personajes que se involucraron con Eren y sobrevivieron se encuentran en un viaje a la isla para abrir la posibilidad del diálogo y evitar una futura guerra. Nuevamente, la violencia se consuma en el retumbar, el que se detiene luego de que Eren es asesinado por Mikasa y, con ello, desaparece el poder de los titanes Pero el conflicto continúa, de manera incierta hacia el futuro.

La serie, en su fondo argumental, ha explorado cuál podría ser el origen de la beligerancia que determina las principales injusticias y crueldades del mundo. Desde el exterior natural, pasando por la manipulación aristocrática y luego al conflicto entre Estados y etnias; el origen de la violencia se extiende cuando pareciera que por fin se ha desatado la batalla que le debiese poner fin. Ahora bien, no sólo la historia aparece articulada desde la agresión y la venganza, sino que el propio descubrimiento de esta realidad ‒la conciencia que toma la humanidad de su historia‒ ocurre por medio de la permanente consumación de aquella agresividad contenida como amenaza que mantiene el orden establecido, el status quo.

La obra pareciera siempre estar acercándonos a la resolución del conflicto y con la realización de la violencia última, el retumbar, al menos esperaríamos, de manera un poco ingenua, que el conflicto finalice; pero Shingeki se ha tomado la violencia en serio y no va a proponer el solucionismo del diálogo o el “poder de la amistad”. La historia de agresividad de la humanidad no ha hecho más que profundizarse y ahora, desaparecido el poder de los titanes, la violencia continúa pero al final queda más allá de lo que puede abarcar la obra y, como lectores y espectadores, no podemos ver. Sin quedar enunciado cuál es entonces el origen de la violencia, queda claro que no eran los titanes, ni las razas, ni las manipulaciones de un gobierno específico. Hay algo más, de lo que intentaré hablar a continuación. Por su parte, Isayama ha cerrado, con mucha sabiduría, el arco argumental del conflicto de los titanes pero no ha querido mentir sobre que su resolución significaría el fin de la violencia. El cierre del manga ‒y espero que del anime‒ es coherente con la idea que se ha propuesto sobre la beligerancia. Cualquier otro final habría sido traicionar el sentido histórico que se estaba construyendo.

La consumación de la violencia

Al terminar de leer el capítulo 139 entendemos que no son los titanes el origen de la violencia, sino que ésta continúa porque se encuentra en la propia sociedad humana. Era la humanidad devorándose a sí misma todo este tiempo. Desde luego, el final no propone una forma de resolver el conflicto ‒sobre cómo acabar con la beligerancia en la sociedad‒, pero al descartar que la causa sea una fuerza externa a la humanidad, permite el paso para la reflexión, tarea que queda al lector. Ahora, tras el final, el problema del uso de la fuerza es nuestro nuevamente, y debemos enfrentarlo en el mundo real.

Guardando las proporciones, si se me permite, el tipo de desarrollo y de final de Shingeki me recuerdan a The Wire, de David Simon. Uno de los elementos característicos de esta serie es la composición coral con que se muestra la complejidad del problema de narcotráfico en Baltimore. Comenzando por una investigación de escuchas telefónicas, los elementos involucrados en el problema del narco se va ampliando desde las bandas de la ciudad a los sindicatos, el sistema escolar, la política y los medios de comunicación. El final de la serie no resuelve el problema de las drogas pero aclara que mientras permanezca el sistema social y económico que impera, difícilmente se logre enfrentar, ya que este no es un problema de delincuencia sino una expresión más de la vida en el capitalismo. The Wire, al igual que Shingeki, aborda un problema específico y lo profundiza no para encontrar la manera de solucionarlo sino para comprender las ramificaciones de su complejidad. No es meramente la conclusión lo que importa, sino cómo se ha llegado a ella y lo que nos dice del problema.

Claramente, dada las características de la obra de Simon, The Wire es explícita sobre el problema central que quiere tratar. Shingeki, en cambio, al ser un anime del tipo shonen, destaca en la narración el conflicto de los personajes y la lucha por su sobrevivencia; en rigor, la acción. Sin embargo, a pesar de la tediosa y extensa marea de otakus centrados en las peleas y en la waifu del mes, no hay que profundizar demasiado en la obra para notar que el problema del origen de la violencia es uno ‒o incluso el más importante‒ que sustenta el argumento central. De cualquier modo, no es un tema poco explorado y se pueden encontrar varios ejemplos, pero Shingeki aborda el asunto de un modo peculiar: intentando encontrar la causa última de la agresividad social y fracasando en ello una y otra vez para, al final, darnos a entender de que siempre fuimos nosotros, la humanidad, los responsables. Este “camino de desesperación” en donde no pareciera haber salida a la guerra, conduce al final a la apuesta de Eren por desatar la agresión del retumbar, consumarla, y las escasas opciones de diálogo que señalan algunos de los personajes en las últimas viñetas sólo son posibles a que la violencia más amenazante fue realizada y la mayoría de la humanidad ha sido asesinada. A diferencia de The Wire en que el final es un paulatino cambio de sujetos que ocupan los puestos iniciales en el conflicto de Baltimore ‒es decir, nada cambia‒; en Shingeki la acción que permite hablar, tal vez, de diálogo es consumar la temida violencia histórica. A pesar de que no se resuelva el conflicto, el final de Shingeki no evita la agresión, sino que la realiza, produciendo así los cambios en los acontecimientos y su desenlace.

Seamos partidarios o no de la decisión de Eren, independientemente incluso de cuán efectiva fue, el paso de la violencia de los titanes a la posibilidad del diálogo está conducido o mediado por la agresión desatada. Cumplir la amenaza histórica del Rey Fritz para atacar al resto de la humanidad fue la forma de acabar con la violencia de los titanes, al menos en el sentido de culminar o poner fin a ese tipo de violencia. ¿Era la única alternativa?, ¿es Eren un criptofascista o un estalinista social-imperialista? Quién sabe.

Quiero aclarar que con estas ideas no estoy buscando respaldar la decisión particular de Eren. Ni el genocidio del retumbar es deseable ni legítimo, tanto para la humanidad como para el “bando” eldiano, quienes no pudieron siquiera decidir colectivamente sobre esta acción. No. El retumbar que libera Eren me interesa como símbolo de lo siguiente: si bien no hay una solución final para el origen de la agresividad humana, Shingeki no Kyojin no evita la violencia como forma de resolver el conflicto, sino que la consuma.

Realidad, violencia e historia

En esta parte final iba a hablar sobre violencia excedente y revolución. Así es, más evidencia para la policía, pero creo que el “comentario” se extendió demasiado y este tema amerita su propio desarrollo. Por lo pronto, me interesa señalar que Shingeki, del paso de la violencia de los titanes a la violencia en la historia, ha desnaturalizado la base de esa agresividad. Es decir, la beligerancia no tiene necesariamente un origen natural o biológico, sino que es un hecho cultural, con su historia y susceptible de cambiar. No obstante, que la violencia sea histórica no la hace evitable. La única forma realista de enfrentar esta guerra permanente, en la obra de Isayama, es consumándola, desatándola, cumpliendo la amenaza y asumiendo las consecuencias. No porque la violencia sea más deseable o no se pueda ser partidario de la paz, sino porque difícilmente se pueda escapar del desarrollo histórico que contiene una situación de violencia ‒el imperialismo, la explotación, la persecución étnica, etc.‒ y, de ser el caso, sólo queda tomar posición. Y eso, creo, es lo que puede aportar la lectura del manga o el visionado del anime.

Hay una frase ominosa de Hegel, como todas las frases de Hegel, que dice “El espíritu [la Historia Humana] sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento". Parte de ese desgarramiento es el enfrentamiento y la lucha y, de algún modo, ese es el eje de Shingeki no Kyojin y también de nuestra historia. Si hay alguna posibilidad de construir un mundo de mayor libertad y bienestar colectivo, ese mundo sólo se puede conseguir asumiendo la realidad de la violencia y tomando parte del conflicto.