makishima

Un largo período en cuarentena, sumado a una cesantía involuntaria pero provechosa, me ha llevado a realizar dos tipos de actividades. La primera relacionada con la política en la organización en la que participo y la segunda relacionada con diversas formas de “consumo” cultural: escuchar algunos discos, leer varios libros pendientes, ver cine, series –hola Twin Peaks– y probar algunos más que recomendables juegos independientes como Cyberpunk Bartender Action. Más allá del contraste entre este tipo de actividades y el contexto global que estamos viviendo –del cual garabateé algunas cosas por aquí– cada cierto tiempo me asalta la incertidumbre sobre qué tan relevante es el dedicar tiempo a estas actividades. Claramente el arte, entendiéndolo muy en general como toda actividad con énfasis estético, forma parte de la libertad humana, lo que lo hace valioso de por sí, sin embargo, de vez en cuando, me pregunto cuál es el límite entre este libre ejercicio y la mera frivolidad, y si acaso existe ese límite. Tal vez para muchos no es relevante la pregunta, pero para mí es importante por la relación entre el tiempo de vida y lo que hacemos con él. Puede parecer que estoy mirando de manera dramática la decisión sobre si empezar a ver una nueva serie o no y la respuesta es sí: es una perspectiva trágica (tragicómica para quien no le importe).

Harold Bloom, que ya merecía morir hace mucho, en su libro El Canon Occidental, se hizo una pregunta similar respecto de la literatura y la lectura. Si existe una cantidad de libros inabarcables para la vida de un lector y a la vez permanece el interés en leer en el período de una vida, ¿qué obras habría que leer para no desperdiciar el tiempo? Bloom propone su criterio, que sería un grupo de las mejores obras literarias occidentales que todo lector debiese leer en la vida. Su criterio de elección es una curiosa mezcla de psicoanálisis y decontrucción que permitiría vincular a los autores dentro de El Canon en lo que denomina la “angustia de la influencia”; una especie de neurosis colectiva delirante que, en vez de complejos edípicos, impulsa a los autores literarios a superar a sus antecesores. El Canon respondería a la inquietud sobre el tiempo de vida y la lectura al distinguir qué literatura sí vale la pena leer antes de morir y toda la demás que podríamos omitir (Ayn Rand es omitible desde luego, sin duda).

Dejando de lado el hecho de que Bloom es un pensador conservador, lo que le valió una gran cantidad de críticas sobre lo limitado o excluyente de su Canon, su propuesta no resuelve el problema del canon literario fuera de la perspectiva de un lector. Sostiene que una de las motivaciones de la lectura es que se trata de un ejercicio mucho más egoísta que social, en el sentido de que leer más o mejor no beneficia a nadie salvo al placer del lector, por lo que el Canon occidental es una respuesta para un lector que ya asume que dedicará la mayor cantidad de tiempo disponible en leer. Esto me lleva a mi interrogante inicial ya que, a mi parecer, la decisión sobre en qué ocupar el tiempo no debiese girar, en primer lugar, sobre qué obras revisar, sino precisamente sobre el tiempo ocupado. La idea de que seleccionar las obras “indispensables” permitiría justificar el tiempo que dedicamos a contemplarlas sería lo que se puede considerar una razón diletante. Entendiendo diletante en el sentido más peyorativo del término, como aquel que se dedica a conocer o contemplar distintas obras o disciplinas sin profundizar mucho en ellas o, peor aún, sin llegar a ser él mismo un creador. Planteándolo en estos términos, mi inquietud es sobre si hay una forma no diletante de contemplar obras y ocupar tiempo en ello.

El criterio de Canon de Bloom, y por ende esta idea diletante sobre el interés de las obras, está mucho más extendido de lo que pareciera ser solo un academicismo más. La proliferación de las plataformas de streaming y la cotidiana conversación sobre qué ver en estas plataformas ha instalado la idea de que la principal discusión sobre la producción cultural es “¿Qué hay en Netflix?”. Aquí de lo que se trata es de una especie de Canon interactivo, incluso personalizado por los algoritmos de vigilancia que ofrecen el espectáculo adecuado para cada segmentación de marketing en la que clasificar a los individuos. Todo esto, además de que supone, desde luego, una discusión necesaria sobre vigilancia, sociedad del espectáculo, centralización de las redes, etcétera; presupone, como sentido común, una razón diletante que no profundiza sobre la selección y el tiempo utilizado como una problemática para el “espectador”. Plataformas como Netflix están construyendo su propio Canon Global administrable y nos está convirtiendo a todos en diletantes unidimensionales. ¿Suena apocalíptico? Tal vez.

Spoiler: no todo está perdido, ya que siempre podemos hacer estallar todo. En Psycho Pass –si no la has visto, ¿qué haces con tu vida?–, serie animada escrita por Gen Urobuchi, existe un personaje llamado Shōgo Makishima que es un gran lector y también sujeto subversivo que organiza a varios psicópatas para intentar subvertir el sistema de control social imperante. El orden establecido es una distopía en la cual el Estado –o Sibyl– puede medir, o pretende medir, el coeficiente de criminalidad de las personas, junto con decidir dónde pueden trabajar o cuándo deben ser encarcelados, aunque no hayan cometido ningún delito. En esta historia, evidentemente basada en varios elementos de Philip K. Dick, Makishima critica la dominación e impulsa su derrocamiento debido a esta posición de “lector crítico” que es capaz de interpretar el control social más allá de la benevolente superficialidad con el que la distopía busca ser interpretada. En este sentido, hay una escena memorable en la cual Shōgo y un cómplice cercano a él conversan sobre la sociedad en la que viven y qué tan parecida es a la literatura que han leído. Más allá de lo aceptable o no de los métodos de Makishima, la actividad de lectura aquí aparece como una manera de preparación para luchar contra la dominación digital e interactiva de Sybil, en el sentido de que el ejercicio de leer permitiría la capacidad de mayor reflexión y suspicacia sobre el estilo de vida administrado y predeterminado de esta ficción. La obras, y el tiempo de dedicación para conocerlas y profundizar en ellas, permite una cierta actividad política. No obstante, todo esto depende del interés crítico. Ni toda lectura es política ni los libros hacen revoluciones.

Desde mi perspectiva, leer o ver obras permite ampliar el campo de la discusión, ya sea porque aluden a contenidos o momentos históricos cuyo conocimiento siempre aportan, o porque el discutir requiere de buenos argumentos que pueden encontrarse, con imaginación, incluso en lugares insólitos. El tiempo dedicado a leer o contemplar productos culturales no nos da garantías de convertirnos en un diletante o en un Makishima; es la finalidad que busque y consiga el “lector” la que le dará sentido a todo esto. Es una apuesta que está pendiente en nosotros y, por lo demás, implica una responsabilidad de la que no podemos escapar. El límite entre la frivolidad diletante y esta preparación política para incendiarlo todo depende de nuestros intereses y de si somos capaces de hacer real nuestras apuestas.